
"Una ruta por un enclave algo especial e insólito"
Un lugar donde las ásperas tierras de secano, algarrobos, olivos y pinos azotados por el viento, campos abandonados y caminos polvorientos lleguen hasta la misma orilla del mar. Un lugar donde pequeñas calas y playas solitarias reflejan montañas difusas abancaladas hasta su cumbre. No, no estamos hablando de ninguna isla del Egeo, ni tan siquiera de la cercana Menorca, sino de la Serra d'Irta, nuestra última montaña litoral.
Al norte de Castelló y cerca de la ciudad fortificada de Peníscola, la Serra d´Irta es la última franja que queda libre de edificaciones desde Francia hasta Andalucía, la última oportunidad que tuvimos los valencianos de mantener intacta la costa igual que cuando llegaron, hace más de tres mil años, los primeros fenicios. Veinte kilómetros de costa virgen donde la especulación apenas pudo darle unos zarpazos y el irreversible parapeto de hormigón frente al mar, jamás llegó a ser construido.
Este paraje, declarado parque natural en julio de 2002, es una verdadera joya natural y paisajística, un verdadero milagro que haya llegado a nuestros días, un lugar donde la naturaleza mediterránea se muestra tal y como es, sencilla, cautivadora, impresionante. Situada entre los términos de Peníscola y Alcalà de Xivert, la Serra d'Irta es una alienación montañosa orientada de norte a sur y paralela a la costa, perteneciente de lleno a la Cordillera Costero-Catalana. Su constitución caliza, aparentemente compacta, se divide en dos formaciones alargadas y separadas por sendos valles donde aparece el Valle de Estopet, abierto hacia el sur, i el Pla del Senyor donde se encuentra, junto a un manantial, una antigua masía abandonada envuelta de olivos centenarios. Estas pequeñas depresiones, aprovechadas desde muy antiguo para el cultivo y profundamente transformadas, quedan enmarcadas por laderas roturadas en terrazas y soportadas por ondulados muros de piedra seca, fruto de siglos y siglos de esfuerzo humano. Generación tras generación fueron creando un paisaje en graderías que, como inmensos anfiteatros, a veces también se asoman al mar. Un despoblado de origen morisco, Irta da nombre a la sierra, una torre de guaita protege la costa y dos castillos templarios vigilan los pasos estratégicos. Entre ellos, restos de corrales, aljibes, pozos, norias, casas de carabineros y ermitas destacan sobre el manto verde y sediento de la coscoja y el lentisco, mientras el azul del mar se extiende, infinito, hasta quedar roto por la confusa silueta de las islas Columbretes.
A lo largo de la historia la sierra ha sufrido los embates del fuego y la presión del hombre. Hasta los años cincuenta todo era reversible, recuperable. Pero las grandes amenazas siguieron planeando como buitres sobre nuestra propia historia, sobre el paisaje virginal que fue ni más ni menos que el origen de nuestra cultura. Una central nuclear, un campamento internacional, alguno de los grandes parques temáticos y decenas de proyectos urbanizadores intentaron sin éxito engullirse, como han hecho en otros lugares, la esencia de nuestro territorio. Mientras la carcoma del cemento ha roído hasta la catástrofe absoluta el delgado y frágil dominio de la belleza litoral, derrochar lo más precioso de nuestro patrimonio en Irta, hubiese desbordado incluso la codicia más perversa. Cuando veáis las fotos que os adjunto entenderéis el porqué, y entenderéis como hubiese entonces justificado cualquier acción por tal de defender este paisaje para las generaciones venideras.
A veces, lo más auténtico está tan cerca que resulta difícil verlo. Todavía estamos a tiempo de recorrer su colada litoral a pie o en bici, entre muros de piedra seca y los cordones dunares colonizados por lentiscos y acebuches. Los pinos inclinados por la fuerza del viento y quemados por la sal sobreviven para darnos sombra y descanso mientras escuchamos el murmullo de las olas que rompen casi a nuestros pies.
Partid temprano, muy temprano. Cuando el sol comience a proyectar su sombra sobre el volcán de la Illa Grossa es el momento de comenzar y recorrer andando sus caminos de herradura. Así, cuando el calor apriete ya estaremos en cualquiera de las calas de Irta; Cala Mundina, el Pebret o la Platja del Russo disfrutando de sus aguas transparentes. Tanto Peniscola como Alcossebre pueden ser nuestro punto de partida, y no olvidéis, al final del día, probar el pescado fresco que traen sus barcas de vuelta, poco antes del atardecer.
Hace quince años me involucré mucho en la defensa de este trozo de costa virgen. No era capaz de entender que se cuestionase su futuro, en el cual estaba incluido el nuestro, como pueblo y como sociedad. Fue caballo de batalla entre políticos mediocres y construir o no construir, no tenía aquí más alternativa que destrucción o conservación. Conservar o no, uno de los enclaves biológicos de mayor importancia paisajística de todo el Mediterráneo peninsular. Hoy todo parece sencillo y la protesta social hubiese detenido cualquier iniciativa, pero hace quince años el desconocimiento que teníamos sobre este paraje, era casi verdaderamente suicida.
Hace apenas unos días volvimos a recorrer la sierra a pie. Hacía calor pero no agobiaba, la temperatura justa para caminar sin pasarlo mal, y refrescarse luego en las templadas aguas del mar. Tras rebasar el collado previo al Mas y la Font del Senyor, el camino estrecho y todavía empedrado, se convirtió en un trayecto fantástico e inolvidable hasta que volvimos por la costa y los acantilados. Sin nada que nos recordase la cercanía de núcleos habitados, nos sentimos por unas horas seres privilegiados, únicos viajeros en un paisaje arrebatador, ancestral, insólito en nuestro litoral, aislado y solitario en invierno, pero acosado en verano por su propia belleza.
by José Manuel Almerich
Sólo añadir con permiso y beneplácito de un amigo, que compartimos este comentario y que sólo pudimos disfrutar parte de la sierra y de sus espléndidas, hermosas y angostas sendas, que son muchas y muy variadas; porque todo en un día no es posible, (pues el lugar da para mucho más) así como agradecer la compañía de Michael, Jesús, Ángel y El Maño, todos ellos de Benicarló, muy majos y pacientes por cierto, y que quedan emplazados cuando lo crean oportuno a devolvernos la visita.
by Rutadura